EDP RnR Madrid Maratón 2016

Este mes se cumplen dos años desde mi primera carrera popular, y dos también desde mi primera carrera en Madrid. Precisamente, hace dos ediciones participé en la Rock&Roll de la capital, en los 10k, junto a la gran Esther. Este año quería correr mi primera maratón y me hacía muchísima ilusión que fuera en mi ciudad natal, con cierta simbología especial por circunstancias personales. Así que tras estar muchos meses esperando la cita, por fin llegó el día…

La previa

El sábado asistí a la feria del corredor, trasladada de la Casa de Campo al Ifema, con un pabellón entero para la recogido de dorsales, exposición y la pasta party. Di una vuelta por los stands, encontrándome con un colega de la asociación Madrid Patina, que me contó que habría médicos circulando en patines por toda la carrera. :O Luego visité el stand de la universidad Camilo José Cela, puesto que formé parte de un estudio sobre rendimiento deportivo en maratones, que merecerá un artículo aparte.

Allí había quedado también con Esther, que este año repetía los 10 kilómetros. ¡Postureo y a comer un buen plato de macarrones con queso!

El preámbulo

6:00 en pie, para desayunar en el hotel “de concentración”. Suerte que pusieron un horario especial, porque podía haber supuesto un problema logístico. Tras ello, a prepararse.

Un par de semanas atrás, estuve con la duda de con qué zapatillas correr. La media maratón de Barcelona la corrí con las Vazee Pace y aguanté muy bien, con sensación de “pluma” y “muelle“, pero las Vomero 9 en cuestión de amortiguación son una pasada. Por tanto, ¿priorizar amortiguación o ligereza y reactividad? El día antes de viajar a Madrid, acabé decidiéndome por las Vomero, a riesgo de pecar de prudente y darle más importancia a la comodidad del pie.

En los calcetines opté también por comodidad, con el acolchado y grosor de los Nike Performance. Para los pantalones – no me gustan nada las mallas – opté por unos bastante cortos, pero no lo suficiente, ni suficientemente holgados. Así que lo acabé pagando con alguna rozadura en las ingles. La camiseta este año era mejor, así que me la puse, y sin problemas. Por otro lado, decidí correr sin el portadorsales, pues siempre tiende a incomodarme un poco, y el objetivo buscado era que corriese lo más cómodo posible. Por último, para la parte de la cabeza, unas gafas de atletismo que me regalaron en mi primera media y un Buff para la cabeza, pues el sol iba a pegar. Olvidé en cambio echarme crema solar, y terminé algo rojo… Con todo listo, camino del guardaropa y de la salida.

Mi dorsal correspondía al cajón 5, no sé si era el último, pero sí de los últimos. Tanto que estaba más allá de Neptuno. A mi alrededor no había liebres, pero de forma fugaz vi a algunas avanzar por el lateral a puestos más cercanos a Cibeles. Parece que mi estrategia inicial se desmoronaba. Había pensado en afincarme detrás de las 3:45 para tener margen de cara a mi objetivo sub 4, pero me iba a tocar correr a mi ritmo o intentar coger a las liebres en los primeros kilómetros y retomar a partir de ahí el plan inicial. A ver…

La carrera

Tras la salida de las élites, tocó la salida popular. Pero hasta casi 10 minutos después no pasé por la línea de salida, debido a la marabunta humana. Ambiente espectacular, eso sí. Pero la gente por la que estaba rodeado iba muy lenta, así que tuve que ir esquivando y esquivando para tratar de ganar posiciones. Me sentía fuerte y pequé de ímpetu. Adelantar y esquivar supone cambiar mucho de ritmo, hacer muchos metros de más por los laterales, subir a aceras, bajarlas… pequeños esfuerzos que se acaban pagando. La Castellana es subida, no se nota demasiado porque no es pronunciada, pero es muy larga, algo más de 6 km. A la altura de las cuatro torres, ya había pasado las liebres de las 5 horas y de las 4:30. En Cuatro Caminos, tras la bajada de Bravo Murillo, con 10 km recorridos a un ritmo de 5:15, alcancé las 4:15.

Me resultaba muy curioso cómo tardaba “tanto” en divisar siquiera las siguientes liebres. Era una lucha constante. En el cruce de la Castellana por el puente de Raimundo Villaverde, el camino se estrechaba bastante, sin espacio para seguir ganando puestos. Pero al menos el ritmo ya me encajaba más. Teniendo en cuenta que las 4:15 habrían salido con no mucha diferencia respecto del tiempo oficial, más o menos debería estar en torno a las 4:00, respaldando la teoría con el ritmo y los parciales de cada kilómetro del GPS. Así que decidí calmarme y seguir a ese ritmo, hasta tener mejor oportunidad en función de cómo se fuese dando la cosa.

En Serrano, los corredores de la media seguían recto, mientras los maratonianos girábamos hacia Ruben Darío. Esto provocó muchos huecos, y mucho espacio para correr más libremente. Aumenté un pelín el ritmo, pero haciéndolo estable, más a mi paso que pendiente de la liebre, con intención de seguir ganando tiempo al crono sin sufrir en exceso, sin estar obsesionado con la siguiente liebre pero dejando la actual atrás. Disfrutando del centro de Madrid, con mucha gente animando, incluso haciendo pasillo. Quevedo, Noviciado, Gran Vía, Preciados y la calle Mayor. Espectacular. El corazón en una nube, “chute” de ánimo, de moral. Sobrecogedor. Oí además un grito de ánimo, con mi nombre, de Esther, que tras finalizar su carrera vino a apoyarme. Agradecido, y emocionado… sólamente puedo decir… 😀 😀

Y llegó la media en la subida de Ferraz, larga también desde el Palacio Real, pero haciendo un tiempo genial, 1:48:06, marchando a ritmo de 5:08. No pintaba nada, pero que nada mal la carrera. Sin embargo, en los siguientes kilómetros, fui acusando todo ese desgaste inicial. De bajada por la Rosaleda, nuevo tramo largo con cierta pendiente. Ya había cogido la liebre de las 4:00, pero tras el avituallamiento de la entrada de la Casa de Campo y el desierto que ello supone, de ascensión sin tregua en un par de kilómetros, con el muro de los treintaitantos asomando… En realidad el muro me vino unos kilómetros antes, en los 27, imagino que por los pecados de la primera parte. Pero atravesando el “bosque” ya no podía más. No tenía flato, pero me comenzaba a doler medio cuerpo. Como cualquier otro muro, pero con un factor psicológico mayor. Fue un tramo eterno. Dejé de correr y caminé como 500 metros, para retomar la carrera. Por fin había cierta bajada y parecía que recuperaba un poco las fuerzas, pero tras algunos cientos de metros, de nuevo pendiente, y esta vez, fuerte. La de Lago, mortal en el kilómetro casi 30. Andé de nuevo esa subida y la liebre ya se me escapaba de forma contundente, pero era incapaz de seguir el ritmo en ese desnivel. Aún así, en esos 30, seguía marchando a buen ritmo, 5:25.

Nueva bajada y tramos planos. Pero todo lo que baja, sube. Y a partir de entrar en el cinturón de la M30, ya tocaba todo subida, con unos 100 metros de desnivel positivo – de 401 totales. Muerte. El pantalón me rozaba, mis cuádriceps eran pinchos y las plantas de mis pies, aún con las Vomero, los calcetines y las plantillas, eran un yunque al contacto con el martillo del asfalto. Del kilómetro 35 al 40 marché a 5:50, con algún tramo de pendiente andando, como en la cuesta de Velázquez, aprovechando también el último avituallamiento. Ahí ví que me pasaba la liebre de las 4:15, pero seguía sin ser capaz de aguantar el tirón en las “ascensiones”. La gente, volcada animando, y yo sacando fuerzas de flaqueza.

Último par de kilómetros, corriendo con el alma, como se suele decir. El pasillo que entra al Retiro, de otro planeta. Lágrimas en los ojos de la emoción. La meta en mi retina, muy cerca. La meta, bajo mis pies. 4:07:43, casi 8 minutos por debajo de mi expectativa de bajar de las 4 horas, pero no importaba, estaba plenamente feliz. A pesar del sufrimiento, había disfrutado tanto que apenas puedo describirlo. Hay que vivirlo, hay que correr una maratón para saberlo. Todo el mundo me lo decía, y ahora puedo decirlo yo. ¡¡Finisher!!

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